La novela histórica de Fabio Martínez recupera la figura de una mujer negra, curandera y yerbatera perseguida por la Inquisición. En la Cartagena colonial, el cuerpo y el conocimiento se convierten en territorios de disputa y resistencia.
Una figura que regresa a la conversación
Escribir una novela histórica sobre una persona silenciada por los relatos oficiales plantea una dificultad particular. No basta con situar una trama en el pasado: hay que interrogar la manera en que ese pasado fue registrado, quién pudo hablar y qué saberes quedaron convertidos en sospecha.
Paula de Eguiluz, de Fabio Martínez, parte de una figura histórica real y la devuelve al espacio de la narración. Su protagonista es una mujer negra, curandera y yerbatera perseguida por la Inquisición. Esa condición la sitúa en el cruce de varias fuerzas: esclavitud, poder colonial, persecución religiosa, control del cuerpo femenino y supervivencia de espiritualidades africanas.
La novela no presenta esos elementos como un fondo decorativo. Según su ficha editorial, construye con ellos una pregunta por la libertad y por las formas de resistencia que pueden alojarse en el conocimiento, la memoria y el cuerpo.
El saber como territorio en disputa
La palabra «yerbatera» nombra una relación con plantas, remedios y prácticas transmitidas por fuera de las instituciones que pretendían regular el conocimiento. En un orden colonial, saber curar no es un gesto neutral. Puede significar autonomía, autoridad dentro de una comunidad y continuidad de una memoria que el poder no controla por completo.
Por eso la persecución de Paula permite leer algo más amplio que el destino de un personaje. La Inquisición no aparece únicamente como tribunal religioso: forma parte de una estructura que clasifica cuerpos, creencias y saberes. Lo que una comunidad reconoce como cuidado puede ser nombrado desde el poder como amenaza.
La novela abre así una tensión que conserva vigencia: quién tiene derecho a producir conocimiento y bajo qué condiciones ese conocimiento recibe legitimidad. La curación, la espiritualidad y la experiencia corporal se vuelven espacios donde la protagonista afirma una existencia que el orden colonial intenta definir desde afuera.
Cartagena colonial: ciudad, puerto y frontera
La Cartagena colonial reúne en la obra comercio, religión, violencia y circulación cultural. Es el escenario de un poder que administra jerarquías, pero también un lugar atravesado por desplazamientos y contactos. La esclavitud convive con el cimarronaje; la doctrina impuesta, con espiritualidades que persisten; la vigilancia, con prácticas que encuentran maneras de continuar.
Esa convivencia impide leer la ciudad como una imagen inmóvil. El espacio colonial está lleno de fricciones. Cada intento de imponer una única visión del mundo produce respuestas, adaptaciones y fugas. La resistencia no necesita presentarse siempre como una confrontación abierta: puede residir en preservar una práctica, sostener un vínculo o negarse a aceptar el nombre que el poder asigna.
Al situar a Paula en ese entramado, la novela relaciona su experiencia individual con una historia colectiva. El personaje no funciona como símbolo abstracto; encarna tensiones que atraviesan el Caribe colonial y que la memoria afrodescendiente obliga a volver a mirar.
El cuerpo bajo vigilancia
En la historia que propone Martínez, el cuerpo es una superficie sobre la que el poder busca escribir sus reglas. Raza, género, esclavitud y religión se encuentran allí. Sin embargo, el cuerpo también conserva experiencia, deseo, dolor y saber. Puede ser sometido sin quedar reducido por completo a la mirada que intenta dominarlo.
Esta doble condición da fuerza al conflicto. Paula es perseguida por aquello que hace y por lo que representa: una mujer cuyo conocimiento no procede de la autoridad colonial y cuya relación con otras formas de espiritualidad cuestiona el monopolio de esa autoridad.
La resistencia, entonces, no es una cualidad añadida desde el presente para volver ejemplar a la protagonista. Surge de la necesidad de vivir, cuidar y recordar en un mundo que busca convertir esas acciones en delito.
La responsabilidad de narrar el pasado
La ficha comercial destaca el trabajo documentado de la novela y la presencia de contexto histórico, descripción de personajes y glosario. Estos paratextos importan porque ofrecen al lector puntos de orientación sin reemplazar la experiencia literaria. Permiten reconocer palabras, instituciones y relaciones que no pertenecen al presente inmediato.
La documentación, sin embargo, no convierte una novela en un expediente. Su tarea es sostener la verosimilitud del mundo narrado y abrir un espacio para que la imaginación dialogue con la historia. El lenguaje, las escenas y la construcción simbólica deben hacer sensible aquello que el dato aislado no consigue transmitir.
En ese equilibrio reside uno de los intereses de Paula de Eguiluz: recuperar una memoria silenciada sin presentarla como una pieza de museo. La novela invita a leer el pasado colonial como una fuerza que todavía interviene en las preguntas por el racismo, la libertad, el cuerpo y la legitimidad de los saberes.
Una lectura para el presente
Acercarse a Paula supone reconocer que la historia oficial no contiene todas las voces que la hicieron posible. La ficción histórica puede trabajar en esos bordes: no para fingir que llena cada vacío, sino para mostrar que el silencio también fue producido por relaciones de poder.
La figura de la curandera perseguida adquiere entonces una densidad política y afectiva. Su conocimiento habla de cuidado; su cuerpo, de una libertad disputada; su memoria, de una tradición que persiste pese a los dispositivos creados para borrarla.
Conozca la ficha editorial y las ediciones disponibles de Paula de Eguiluz, novela histórica de Fabio Martínez.


